EL JARRÓN DE PEGAMENTO

EL JARRÓN DE PEGAMENTO

¿Alguna vez te has sentido frágil o débil ante situaciones o acontecimientos de tu vida?

Permíteme que te cuente una historia.

Una vez le regalaron a mi madre un precioso y delicado jarrón que colocó adornando la entrada de casa. Ten cuidado- le dijeron- es de una porcelana muy fina.
Y ciertamente. A los pocos días mi padre, al cerrar la puerta, lo tocó ligeramente y el jarrón cayó rompiéndose en varios trozos.
Pensamos que ya no serviría pues, aunque lo pegáramos, se notaría demasiado que se había roto y nunca podría recuperar su belleza original.
Pero mi madre, dado su valor sentimental, se obstinó en pegar los fragmentos y mantenerlo en su lugar.
Buscó un pegamento especial y compró uno realmente eficaz. Epoxi- le dijeron- elaborado a base de resinas de gran capacidad adhesiva y mucha dureza.
Y ahí quedó el jarrón.

Ahí hasta que… otro día, al ir a ponerme el abrigo, volvió a caer estrepitosamente al suelo y se rompió en unos cuantos pedazos. Por supuesto, aquellos que estaban unidos por el pegamento, siguieron unidos.
Volvimos a pegar el jarrón con el famoso adhesivo por orden de mi madre y en contra de mi padre y mía.

Pero esto no ocurrió sólo por esta vez, sino que siguieron otra y otra y muchas más.
Quizás más por cabezonería que por sentimentalismo, continuamos pegando los trozos de porcelana cada una de ellas, casi como una tradición familiar, empeñados en que el jarrón, aún lleno de marcas, permaneciera en su lugar.


Así hasta que llegó un momento, después de muchos años, en los que el jarrón ya no se rompía al caer. Resulta que casi tenía más pegamento que porcelana.

Hoy en día pienso que ocurre así también con las personas.

Con esas que parecen tan duras y tan fuertes. Esas que son resistentes a la derrota. Esas que, cuando todo parece perdido, siguen adelante como si no conocieran el desánimo. Quizás es porque han sufrido tantas fracturas, tantos golpes, tantas heridas, que no están revestidas ya de piel, sino de cicatrices. Y las cicatrices son más duras y más gruesas que la piel.


Así que, a partir de ahora, cuando sientas que te rompes, piensa que sólo te estás haciendo un poco más resistente a los impactos de la vida.

 

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¿DE CARA AL PASADO O DE CARA AL FUTURO?

¿DE CARA AL PASADO O DE CARA AL FUTURO?

En un reino no muy lejano, un soberano quiso construir un gran castillo.

De entre todos sus territorios, descubrió un bonito solar. Este solar era grande, con bellos árboles que daban sombra, unas bonitas vistas y unas ruinas de un edificio abandonado.

Para construir el castillo mandó llamar a uno de los mejores constructores del país y éste accedió encantado a tan ilusionante encargo. 

El rey le dio el plazo de tres años para levantar el majestuoso castillo para lo que el constructor contaría con todos los medios necesarios, sin escatimar en gastos, ni trabajadores, ni materiales.  Tan sólo debía cumplir el plazo establecido.

El constructor empezó por trasladarse al solar y estudiar el entorno, la luz, el suelo, las sensaciones que le inspiraban…

Se imaginó el castillo, con sus torres, su impresionante fachada, sus salones llenos de luz y de color, las inolvidables fiestas que se celebrarían, las recepciones, su lujo y la admiración que despertaría en los otros reinos.

Trazó un boceto y dibujó los primeros planos. Y comenzó los trabajos sin demora. 

Pero un buen día miró hacia las ruinas allí abandonadas y pensó que, quizás, afearía el castillo tenerlas allí, tan feas y tan cerca.

Estaban llenas de maleza y de barro. Tiró de un pequeño matojo que estaba entre unas piedras y le pareció que así quedaba mejor. Tal vez dedicar un tiempo a adecentar esas ruinas haría que el castillo luciera más majestuoso.

Al día siguiente llamó a algunos de sus hombres y con picos y palas, fueron a retirar toda aquella maleza. Les llevó unos días dejar las ruinas libres de hierbajos.

Un par de semanas después le pareció que aún se podía mejorar aquello. Volvió a llamar a parte de sus hombres y les pidió que limpiaran cada una de aquellas piedras hasta dejarlas relucientes. Un castillo como aquel se merecía unas ruinas dignas. Tardaron un par de meses en completar la limpieza.

Después de aquello, tomó el boceto del castillo y junto a él, dibujó las ruinas tal y como quería que luciesen. Convocó a sus hombres y les comunicó que los siguientes meses destinarían una parte de la jornada a reconfigurar las ruinas, justo al lado del castillo.

Y así fue como sucedió.

Al cumplirse el plazo de los tres años, el rey se vistió de fiesta, ordenó aparejar su mejor caballo y con todo su séquito se encaminó hacia su nuevo castillo.

Pero, al llegar allí, sólo encontró un castillo a medio construir junto a las ruinas mejor conservadas de la historia.

Enfurecido, ordenó traer ante él al constructor y le pidió explicaciones. El hombre, asustado, le contó que tan sólo había tratado de que unas ruinas no afearan tan impresionante construcción cómo sería la del castillo. 

El rey respondió:

Tres años te di, sin escatimar en recursos, para construir el mejor se los castillos. Confié en ti y en tu saber hacer. Pero tú dedicaste todo el dinero, todos los recursos, todos tus hombres y todo tu tiempo a unas ruinas. Tan sólo hubieras necesitado invertir unos días en sacar todas esas piedras del solar y dejar el espacio suficiente para construir el castillo. Un castillo que nunca terminarás. 

Y, sin más contemplación, ordenó a su guardia desterrar al constructor de su reino para siempre.

Y ahora tú, ¿dedicas tus recursos a construir lo nuevo o a dejar adecentado lo viejo?

¿Vives tu presente de cara al futuro o de cara al pasado?

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La Sobrevalorada Actitud del Perdón

La Sobrevalorada Actitud del Perdón

En  los últimos años se ha vuelto a un concepto largamente tratado por las religiones como es el perdón. Esta vez no se trata de algo puramente espiritual, sino más bien terapeútico.

Sin embargo, desde mi personal punto de vista, perdonar no es lo mismo que no guardar rencor. Por tanto, lo realmente sanador no sería perdonar, sino liberarte del deseo de venganza, de ese pensamiento fijo de desear pagar con mal a quien te ha hecho mal. O lo que es lo mismo, el justo pero erróneo sistema del “ojo por ojo y diente por diente”.

Tal vez la línea entre perdonar y renunciar a la venganza no sea tan clara para ti, pero déjame que te dé mi explicación y luego decide si debes perdonar o sólo abandonar el rencor.

Algo común a todas las culturas y religiones son los elementos necesarios para que podamos hablar de perdón. 

En primer lugar tiene que haber existido una ofensa, del tipo que sea. Esta ofensa tiene que haberse hecho evidente y provocar en el ofendido un agravio o pérdida, un daño en sí mismo.

En  segundo lugar es necesaria la existencia de un ofensor, alguien que provoca con su comportamiento, sus palabras u omisiones un daño al ofendido, consciente o inconscientemente.

En tercer lugar ha de darse un cambio en la relación o en la actitud entre ofendido y ofensor, cambio que, generalmente, inicia el ofendido al experimentar el daño.

En cuarto lugar el ofensor debe reconocer su agravio, su error o responsabilidad en lo ocurrido, arrepentirse de ello y solicitar del ofendido el perdón, tratando de reintegrar a la persona al momento previo a la ofensa o compensarle por lo ocurrido, manifestándole la firme voluntad de no volver a dañarle.

Y en quinto y último lugar, el ofendido decide perdonar o no al ofensor, comunicándoselo expresa o tácitamente.

Cierto es que no siempre será igual de factible el perdón. En este hecho influyen factores como son el tipo de relación que une a ofensor y ofendido, la posibilidad de resarcir el daño y de lo públicos que hayan sido la ofensa y la solicitud de perdón.

Veamos ahora en qué consiste el rencor. La RAE lo define como un resentimiento arraigado y tenaz. Es decir, algo que se siente una y otra vez de una forma persistente.

El rencor es un sentimiento que nace de la molestia o enojo que siente una persona por un daño que le han hecho. Dicho sentimiento puede generar una sed de venganza hacia la persona que ha provocado el daño o no. Pero sí deseos de que el ofensor sufra y pague de una u otra manera por lo que hizo.

Por tanto, en el perdón intervienen dos personas, ofensor y ofendido. Pero es decisión del ofendido perdonar o permanecer en el recuerdo del daño o, incluso, en el ánimo de venganza. Sin embargo, en la renuncia al resentimiento sólo participa una persona, el ofendido, dejando al margen de la decisión al ofensor.

Una vez hecha esta aclaración, si no se da en el ofensor el reconocimiento del daño causado y, por tanto, no hay un arrepentimiento, ni una voluntad de resarcir a la persona ofendida, ni una solicitud de perdón a ésta, ¿puede haber perdón?. 

Y si, el daño fuera tal que el ofendido no permita bajo ningún concepto volver a comunicarse, ni a tener ningún contacto con el causante del daño, ¿puede haber perdón?

Sin embargo, aunque no se reconozca el daño, ni haya arrepentimiento, ni deseo de restablecer lo perdido por parte del ofensor ¿puede el ofendido renunciar a su deseo de venganza sin que haya un propósito de conservar la relación con el anterior?

Por el contrario, a veces, un perdón mal entendido puede ser peor que una venganza, al colocar al ofendido en una posición de fuerza o poder frente a quien, como cualquier ser humano, solamente se equivocó.

A la luz de esta reflexión entiendo que lo que realmente libera a la persona de un agresor, ofensor o como quieras llamarle, no es el hecho de perdonar, sino de abandonar todo deseo de venganza, todo pensamiento recurrente sobre el daño experimentado y quien lo provocó, que no hacen sino mantener al ofendido en un papel de víctima y en un lazo insano con el culpable. Y esto ocurre cuando el agraviado considera que lo ocurrido ha servido como aprendizaje, conocimiento y crecimiento personal y que hay que enfocarse en el camino que queda por delante y no en el que ha quedado atrás.

Sería pasar de la idea de «perdono, pero no olvido» a la contraria de «me permito olvidar, sin necesidad de perdonarte». ¿Tú qué crees que te favorece?

 

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Cuando la Generosidad se convierte en Sacrificio

Cuando la Generosidad se convierte en Sacrificio

¿Quién de nosotros no consideraría la generosidad como un valor importante en las personas? Y, sin duda, lo es. 

Sin embargo, hay un zona de peligro en la que la generosidad empieza a convertirse en sacrificio.  

¿Dónde está la diferencia entre una persona generosa y una sacrificada?, te preguntarás.

Como en numerosas ocasiones cuando mi mente entra en ese pantanoso mundo de la duda y, antes de que resuelva por sí sola, me gusta buscar el significado en un diccionario.

Generoso: Que gusta de dar de lo que tiene a los demás o de compartirlo con ellos, sin esperar nada a cambio, de manera noble, llena de buenas intenciones y amabilidad.

Sacrificado: Persona que renuncia a una cosa o se impone un sacrificio para beneficiar a otra. Persona que sufre un daño o un perjuicio en beneficio de un fin que se considera más importante. Persona que se resigna a hacer algo desagradable.

Me queda claro. ¿Quién nos dijo que el sacrificio es generosidad? 

En la generosidad hay alegría, bienestar por dar, satisfacción. Es algo que se hace libremente y sin esperar compensación.

En el sacrificio hay renuncia, hay desagrado, hay sentimiento de pérdida. Es algo que se hace por obligación o desde el miedo.

Nadie puede ser feliz sacrificándose.

Podríamos preguntarnos qué lleva a una persona a sacrificarse:

¿Quizás la sensación de no ser suficiente? ¿De no estar a la altura de lo esperado, de lo exigido?

¿La necesidad de sentirse útil a los demás, aceptado, querido?

¿El miedo a perder personas, trabajos…?

¿El deber de cumplimiento de unas obligaciones para con los demás inculcadas desde la más temprana infancia?

Sí, todas esas creencias y algunas más son las que convierten a unas personas en esclavos de otras, las que las dejan a merced del manipulador de turno, las que las convierten en puras herramientas al servicio de egoístas sin límite.

La gran diferencia entre el generoso y el sacrificado reside, sobre todo, en que el generoso puede elegir a quién dar y a quién no, cuándo dar y cuándo no, qué dar y qué no. Y lo hace sin esperar nada a cambio cuando decide dar y sin culpa cuando decide no dar.

Sin embargo, el sacrificado se siente forzado a dar a todo el que se lo pide, cuando se lo piden y lo que le piden. Y lo hace con la rabia  y la impotencia del que se siente humillado, vencido e ignorado.

Y ahora, si es que eres una de esas sacrificadas personas, plantéate:

¿Qué satisfacción hay en el sacrificio?

¿Qué sentimientos puedes generar hacia esas personas por las que te sacrificas?

¿Qué emociones laten en lo más profundo de tu “yo” prisionero y limitado?

¿Has venido a este mundo a ser feliz o sólo a cumplir las expectativas de otros?

¿Piensas responsabilizarte en algún momento de tu vida o sólo de la de los demás?

¿Tienes valor por lo que eres o únicamente por lo que das?

La generosidad es un valor que se convierte en sacrificio cuando no hay valor para poner límites.

 

El Mutuo Equilibrio de la Reciprocidad

El Mutuo Equilibrio de la Reciprocidad

¡Cuántos libros, charlas, talleres, tesis… sobre la comunicación en la pareja! ¡Tanta importancia concedida al diálogo como base de las relaciones! ¡Qué imprescindible el respeto al otro como primer mandamiento de la interacción con los demás!

¿Pero quién se acuerda de la reciprocidad?

Si consultamos el significado de reciprocidad, encontraremos: acción que motiva a corresponder de forma mutua a una persona o cosa con otra.

Es decir, el sano equilibrio de dar y recibir.

La reciprocidad no sólo es una acción, sino que es también una actitud. Una forma de estar y ser en la relación. Algo que nace de dentro y que no es forzado, ni antinatural, que no requiere de una atención o una energía extra invertida en el “tú” o en el “nosotros”.

Es una actitud motivada y motivadora al mismo tiempo. Motivada por los sentimientos y las ganas de apostar, de construir. Y motivadora porque no hay nada más contagioso que las emociones.

La reciprocidad es eso que provoca el impulso de dar con la fe de que no me voy a vaciar y la generosidad de recibir, permitiendo al otro sentir también la alegría de dar.

La reciprocidad es la base de una relación sana entre iguales, sean pareja, amigos, compañeros… Reciprocidad en la dedicación, en el interés, en los sentimientos, en el respeto y en la admiración, en la sinceridad, en el grado de apertura y de implicación…

No se trata de medir, ni de llevar las cuentas, sino de algo que surge de una forma espontánea y fluye naturalmente.

La reciprocidad es un equilibrio que sólo puede nacer de la conexión y el encuentro, del sentimiento más profundo y sincero.

Por eso, cuando no hay reciprocidad, por mucho diálogo y respeto, interés y dedicación, sinceridad y demás ingredientes que tú pongas en la relación, ésta siempre caminará cojeando como alguien con una pierna más larga que otra.

Y ahora, pregúntate:

¿Cómo de equilibrada está tu relación en el dar/recibir?

¿Tienes que pedir o hacer esfuerzos en el intento de que el otro dé algo de lo que esperas?

¿Te decepcionas, te frustras a menudo por ese «algo» que no llega?

¿Tienes que autoconvencerte con excusas, que ni tú te crees, sobre las maneras de ser tuyas o del otro?

Da igual si tu relación corre o camina, siempre que no lo haga cojeando.

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APRENDE A EQUIVOCARTE EN 5 PASOS

APRENDE A EQUIVOCARTE EN 5 PASOS

Vivimos en una sociedad con una gran aversión al error. En ésta un error supone una pérdida económica, de tiempo, desprestigio, culpa y hasta estigma. El error es la gran letra escarlata de nuestro mundo occidental, frente al éxito, tan mal entendido como fama y prestigio social.

Si buscamos la definición de error en un diccionario encontramos lo siguiente: “Idea, opinión o expresión que una persona considera correcta pero que, en realidad, es falsa o desacertada”. “Acción que no sigue lo que es correcto, acertado o verdadero”.

Con esta concepción es fácil entender acierto y error como absolutos, pero no podemos obviar otra definición que encaja mucho más en lo que, verdaderamente, es el error: “Diferencia entre el resultado real obtenido y la previsión que se había hecho o que se tiene como cierta”. Según esta definición, el error deja de ser algo que no se ajusta a lo correcto o a la verdad, para pasar a ser una mera valoración, más o menos objetiva, del resultado o efecto.

1.El error es inevitable

El error es algo natural, forma parte del universo y de la vida. La ciencia trabaja con el ensayo y el error. La evolución basa la selección natural en el error como generador de mutación y, por tanto, de diversidad sobre la que actuar. Uno de los mejores descubrimientos para la humanidad, el de la penicilina, fue gracias al error de un gran científico que, sintió curiosidad, en vez de culpa. El ser humano no llegó a este nivel de evolución sin cometer errores, aunque esto no significa que éstos no tengan consecuencias, a veces, graves.

Equivocarse no tiene porqué ser una pérdida de tiempo, ni un síntoma de baja inteligencia o habilidad o competencia. A nivel consciente somos capaces de percibir, únicamente, un máximo de siete variables o porciones de información. ¿Te has planteado cuántas variables concurren en cada paso que das? ¿Cómo podrías evitar el error con tantos factores incidiendo en el resultado?

La planificación y la previsión disminuyen la probabilidad de error, pero no la posibilidad, es decir, no la eliminan. Sin embargo, un exceso en los esfuerzos por evitar el error aumentan la angustia y la dificultad de afrontamiento.

2.El miedo al error es limitante

El error es necesario para ir replanteándonos el camino y la meta, para desarrollar nuevos recursos, para descubrir todo lo que necesitamos para alcanzar nuestro objetivo. Sin fallo, no hay aprendizaje. Sin error no hay avance, ni éxito.

Estadísticamente, es más probable el error que el acierto, por tanto, para dar un paso en la dirección correcta, tendrás que dar muchos fuera de ella.

Las personas perfeccionistas, obsesivas, con baja autoestima, resistentes a la frustración, las narcisistas…tienen aún más miedo al error por cuanto a caída de expectativas se refiere, por exposición social, por un golpe a su ego…

Si no te permites equivocarte, estás limitando tu libertad, tus opciones, desarrollar tus recursos, tu aprendizaje, el poder vivir cada paso como una aventura y no como un examen, como un juicio, como una prueba determinante de tu capacidad o de tu valía. El miedo a cometer errores te convierte en una persona cada vez más insegura, carente de iniciativa. A nivel social, incluso, hace que se pierda capacidad de innovación.

3.El error es subjetivo

Un error es sólo una valoración del resultado obtenido en función del esperado. Verlo de esta manera, quizás te pueda ayudar a desdramatizarlo.

Piensa un momento, ¿cuándo te equivocas?, ¿cuando das el paso con la posibilidad de equivocarte o cuando te quedas donde estás aún sabiendo que no es donde quieres estar?

¿Puedes llegar a saber de antemano si te vas a equivocar o no?

¿Crees que si supieras o pudieras hacerlo mejor, elegirías hacerlo peor? Por tanto, ¿es un error o una falta de conocimientos que puedes haber adquirido al equivocarte y son, precisamente, esos nuevos conocimientos los que te hacen considerarlo un error y no un acierto?

¿Opinas que el resultado obtenido depende únicamente de tu decisión y no de una suma de múltiples factores y variables, muchos de los cuales, a su vez, se influyen mutuamente?

Por otro lado, no debes olvidar que cada error, si sabes aprovecharlo, disminuye la probabilidad del siguiente error al ofrecerte más recursos y más conocimientos, posibilitarte el entrenamiento y mejora de una serie de habilidades y capacidades y reducir las opciones que no contribuyen al éxito.

4.El error es el camino al acierto

Habrás oído decir que se aprende más de los errores que de los aciertos y es verdad. Cuando aciertas, has puesto tus recursos, tus habilidades, tu manera de razonar y de funcionar en acción. De alguna manera, te has evaluado y has aprobado. Por el contrario, cuando fallas no has aprobado y eso te hace buscar nuevos recursos, desarrollar otras habilidades, abrir tu mente y descubrir nuevos caminos. Por lo tanto, ¿qué te hace crecer más? ¿Qué te enriquece más mental y emocionalmente?

Pero no me malinterpretes, no se trata de equivocarte por equivocarte, sino de aprender del fallo. Nadie es maestro en esta vida, todos somos aprendices, continuos alumnos en el arte de vivir. Ante el error siempre puedes preguntarte:

¿Qué no ha funcionado?

¿Qué ha causado el fallo?

¿Qué puedo hacer mejor la próxima vez?

¿Qué podría haber hecho que no he hecho?

¿Qué aspectos de mí mism@ tengo que mejorar?

¿En qué o en quién puedo encontrar ayuda?

De vez en cuando, date permiso para ser aprendiz, sal y arriésgate a equivocarte, prueba eso que nunca has probado, recorre el camino que nunca has tomado. Deja que tu cerebro cree nuevas conexiones neuronales. Quizá de esa manera llegues a ver opciones que nunca consideraste, posibilidades que nunca creíste.

5.No trates de eliminar los errores, sino de minimizar las consecuencias

Cuando hablamos de error, no es el fallo como tal el que nos asusta, sino las consecuencias que puede tener en nosotros y en nuestra vida. Quizás, llegados a este punto, debes plantearte dónde estás poniendo, realmente, el foco. ¿En el siguiente paso? ¿En la meta final? ¿En el reconocimiento externo? ¿En la autorización de los otros? ¿En tu imagen social? ¿En alguno de tus valores personales?… Porque, en función de esto, también, tendrás una mayor o menor resistencia al error, lo superarás mejor o peor y lo integrarás en mayor o menor medida en tu camino a la meta.

Siempre es muy importante que valores los beneficios y los perjuicios de dar el paso, pero desde el momento presente, no desde el momento futuro. Es decir, nunca puedes colocarte en un hipotético caso y a partir de ahí comenzar tu valoración porque estarías incluyendo factores que no se dan y no sabes si se darán realmente. Conoces tu hoy y en él cabe preguntarse: 

¿Qué puedo perder de lo que hoy tengo? 

¿Qué puedo ganar que hoy quiero y no tengo?

¿Merece hoy la pena arriesgar lo que puedo perder por aquello que puedo ganar?

También deberás tener en cuenta que hay consecuencias previsibles y otras que no lo son. Para minimizar o eliminar las consecuencias negativas previsibles puedes plantear y planificar de alguna manera el trazado de tu ruta:

¿Qué puede salir mal?

¿Qué consecuencias negativas puede tener para mí fallar en esto?

¿Qué consecuencias negativas puede tener para las personas de mi entorno que yo falle en esto?

¿Qué puedo hacer para evitar estas consecuencias?

¿Qué puedo hacer para minimizarlas?

Con todo esto puedes establecer tu plan de acción, asumiendo que puedes equivocarte, pero sobre todo, entendiendo que no será el fin, que saldrás reforzad@, mejorad@, con más recursos y con ganas de hacer el siguiente intento.

Y, para acabar, no olvides nunca que cuanto más benévolo seas con tus propios errores, más lo serás también con los demás.

Vale más emprender un camino con mentalidad de luchador, que de triunfador, porque el triunfador puede rendirse ante el fracaso, el luchador no se rinde nunca. Así que ojalá te atrevas a equivocarte muchas veces y te corrijas otras tantas.

Y si quieres aprender a equivocarte mejor, pregúntame por el Micro Taller ¿Fracaso o Aprendizaje?

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