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En un reino no muy lejano, un soberano quiso construir un gran castillo.

De entre todos sus territorios, descubrió un bonito solar. Este solar era grande, con bellos árboles que daban sombra, unas bonitas vistas y unas ruinas de un edificio abandonado.

Para construir el castillo mandó llamar a uno de los mejores constructores del país y éste accedió encantado a tan ilusionante encargo. 

El rey le dio el plazo de tres años para levantar el majestuoso castillo para lo que el constructor contaría con todos los medios necesarios, sin escatimar en gastos, ni trabajadores, ni materiales.  Tan sólo debía cumplir el plazo establecido.

El constructor empezó por trasladarse al solar y estudiar el entorno, la luz, el suelo, las sensaciones que le inspiraban…

Se imaginó el castillo, con sus torres, su impresionante fachada, sus salones llenos de luz y de color, las inolvidables fiestas que se celebrarían, las recepciones, su lujo y la admiración que despertaría en los otros reinos.

Trazó un boceto y dibujó los primeros planos. Y comenzó los trabajos sin demora. 

Pero un buen día miró hacia las ruinas allí abandonadas y pensó que, quizás, afearía el castillo tenerlas allí, tan feas y tan cerca.

Estaban llenas de maleza y de barro. Tiró de un pequeño matojo que estaba entre unas piedras y le pareció que así quedaba mejor. Tal vez dedicar un tiempo a adecentar esas ruinas haría que el castillo luciera más majestuoso.

Al día siguiente llamó a algunos de sus hombres y con picos y palas, fueron a retirar toda aquella maleza. Les llevó unos días dejar las ruinas libres de hierbajos.

Un par de semanas después le pareció que aún se podía mejorar aquello. Volvió a llamar a parte de sus hombres y les pidió que limpiaran cada una de aquellas piedras hasta dejarlas relucientes. Un castillo como aquel se merecía unas ruinas dignas. Tardaron un par de meses en completar la limpieza.

Después de aquello, tomó el boceto del castillo y junto a él, dibujó las ruinas tal y como quería que luciesen. Convocó a sus hombres y les comunicó que los siguientes meses destinarían una parte de la jornada a reconfigurar las ruinas, justo al lado del castillo.

Y así fue como sucedió.

Al cumplirse el plazo de los tres años, el rey se vistió de fiesta, ordenó aparejar su mejor caballo y con todo su séquito se encaminó hacia su nuevo castillo.

Pero, al llegar allí, sólo encontró un castillo a medio construir junto a las ruinas mejor conservadas de la historia.

Enfurecido, ordenó traer ante él al constructor y le pidió explicaciones. El hombre, asustado, le contó que tan sólo había tratado de que unas ruinas no afearan tan impresionante construcción cómo sería la del castillo. 

El rey respondió:

Tres años te di, sin escatimar en recursos, para construir el mejor se los castillos. Confié en ti y en tu saber hacer. Pero tú dedicaste todo el dinero, todos los recursos, todos tus hombres y todo tu tiempo a unas ruinas. Tan sólo hubieras necesitado invertir unos días en sacar todas esas piedras del solar y dejar el espacio suficiente para construir el castillo. Un castillo que nunca terminarás. 

Y, sin más contemplación, ordenó a su guardia desterrar al constructor de su reino para siempre.

Y ahora tú, ¿dedicas tus recursos a construir lo nuevo o a dejar adecentado lo viejo?

¿Vives tu presente de cara al futuro o de cara al pasado?

Y si tienes dificultades para abandonar «tus ruinas», dejar de mirar atrás y empezar a mirar sin lastres al futuro, tal vez pueda ayudarte con mi microtaller Micro Taller Soltar el Pasado – AUSARTU

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